viernes, 29 de enero de 2010

Revelación

Dios me ama; porque Dios ama al que “da” con gusto.

lunes, 28 de diciembre de 2009

Cristal

Quisiera mirar a través de ti cristal, para así obtener la imagen que hay de mí en ti.


La corrupta traducción del deseo se magnifica a la distancia por la temerosa semiótica manida; la fotografía fuera de foco, difuminada, del hallazgo impensado es su resultado.


¿Cómo virarte cristal para que tú me veas sin efectos en mi realidad? ¿Hasta qué límite acercarnos?


Especulaciones de salmón que nada río arriba yendo al encuentro de una diáfana comunicación contigo, sin buscar reverberar en ti, pues al final, esa es mi única posibilidad de ser.

lunes, 30 de noviembre de 2009

Sobre el buen gobierno

Soy un exiliado de mi utopía.

viernes, 30 de octubre de 2009

Sobre Carlos Fuentes

Me gustaba su literatura hasta que aprendí a leer.

domingo, 27 de septiembre de 2009

domingo, 20 de septiembre de 2009

miércoles, 9 de septiembre de 2009

La generación deshabilitada 2

Me quedó girando en la mente todo lo que acababa de ver y oír; de momento me era difícil entender como una generación con tan diversos componentes vivía la vida y actuaba de una manera tan homogénea.


En una pronta conversación con una amiga que es psicóloga, le expuse como había vivido lo anterior; ella después de escucharme me dijo, lúcida y contundente, que había elementos que sucedían de manera contextual y que funcionaban como marcas sociales y culturales; estos elementos afectaban a todas las generaciones de distinta manera dependiendo de los soportes previamente adquiridos.


En ese momento todo parecía esclarecerse súbitamente. Eché un brinco al pasado, a la primera mitad de los años ochentas, buscando esos momentos que marcaron a mí generación. El primero que llegó fue el terremoto de 1985, esa experiencia nos dejó claro que no existía nada sólido y permanente. No había protección ninguna por parte de la ley y el gobierno, estábamos vulnerables a perecer a causa de la corrupción existente entre: constructoras, gobierno, ingenieros, arquitectos y proveedores de malos materiales.


Estos subyacentes malos manejos emanaron de entre el hormigón hecho polvo y las varillas retorcidas con el movimiento de 8.1 grados en la escala de Richter esa mañana del 19 de septiembre. Las casas, lugares de resguardo, ya no eran capaces de dar esa condición y el Estado, además de corrupto, fue incapaz de responder eficientemente ante tal desgracia. En ese momento quedaba claro que estábamos por nuestra cuenta y la única manera de sobrevivir era funcionando como una sociedad civil organizada, situación a la que el Estado mexicano pudo responder eficientemente al desarticular la solidaridad espontánea entre iguales que instintivamente surgía y por consiguiente abolirla.


Rondando por la misma época, hay otra marca que permeó particularmente el pensamiento de todos aquellos que teníamos entre 6 y 16 años. En las mañanas, antes de ir a la escuela, aparecían en los noticieros los buenos-malos y los malos-malos que poseían armas nucleares. Las potencias hegemónicas de la época (USA vs. URSS) en plena Guerra Fría soltaban bravatas y hacían demostraciones de poder en los medios de comunicación, amenazando la existencia de la humanidad por querer salvaguardarla de las malas influencias Imperialistas o Comunistas; paradojas absurdas e irónicas de las que fuimos testigos en la infancia.


De camino a la escuela, ese mensaje mañanero se convertía en la aterradora sensación de miedo al imaginar que algún gobernante loco, en un arrebato de furia, destruyera toda clase de vida e infraestructura existente. El estómago se terminaba de angustiar al pensar en sobrevivir a las bombas y quedar expuesto al invierno nuclear, viviendo en la devastación total; y ya ni que decir de la Guerra de las Galaxias (SDI Strategic Defense Initiative), la destrucción del cielo y la tierra en simultáneo, ya no queda lugar a donde escapar.


Reforzando esos temas, los anglo-americanos (como acertadamente los llamó Humboldt) nos exponían a una salvaje campaña invasiva de imposición cultural por medio del cine, en la que el discurso preponderante versaba sobre cuestiones apocalípticas.


Un ejemplo evidente es la película Terminator, paradigmática a mi forma de ver. Sarah Connor va a ser madre de John Connor, líder insurgente del futuro que derrotará a los Cyborgs que se apoderaron del planeta después de haber desatado el Holocausto Nuclear en el año de 1997; por ello mandan al presente de 1984 a un hombre -que será el padre de John-, para protegerla y a un Terminator para destruirla. Transcurrida una hora y cuarenta minutos de acción y balazos, al final de la película Sarah aparece embarazada, manejando un Jeep en algún lugar desértico del norte de México y se detiene en una estación a cargar gasolina. Un niño llega con una cámara polaroid y le saca una foto que de inmediato le vende, este observa al horizonte y le dice que se acerca una tormenta. Ella contesta afirmativamente hablando en dos sentidos; la toma final es una panorámica que muestra una carretera como único camino y en sentido a la tormenta.


Este final desolador se suma a nuestro imaginario colectivo con una frase contundente de la secuela de esta película del año 1991, donde Sarah Connor graba con un cuchillo en una mesa de madera “No Fate” No hay destino. Qué en ese contexto tiene un único significado y es de fatalidad.


Fin de la segunda parte